A inicios del siglo XIX, las tierras en el Perú, especialmente en los valles de la costa central y sur o en los valles cálidos cerca de la selva alta, como Huanta o Huánuco, estaban parcializadas en haciendas, chacras o cualquier otra forma de aprovechamiento de ella. Estas tenían como grandes y pequeños propietarios a aristócratas criollos y españoles, órdenes religiosas, grandes comerciantes, mestizos e indios pequeños propietarios. Pero en la costa norte, las haciendas de enormes dimensiones, recién se consolidaron a fines del siglo XIX e inicios del XX (Armas, 2011).
Los propietarios de las tierras dentro del valle Chicama tenían diferentes orígenes sociales. Dentro de ellos, los indígenas también eran poseedores. Cabe resaltar que, según fuentes documentales, se denominaba “indígenas” inclusive a los mestizos. Los asiáticos también se posicionaron como propietarios de pequeños negocios o arrendatarios, como se verá más adelante.
Por su parte, el grupo de familias poderosas del valle se dividían en dos grupos: los que residían en Trujillo, como los Pinillos, Ganoza o Cabada; y aquellos que residían en los pueblos del valle como los Meléndez, los Ríos, Montejo o Carranza.
Para la época de 1850, Díaz (1979) afirmó que, las pequeñas haciendas existentes dentro del valle Chicama eran: Careaga, Mocollope, Bazán, Sintuco, La Viñita, La Fortuna, Licapa, Sonolipe, Nepén, Gasñape, Sausal, Chicamita, Santa Clara, Facalá, Tesoro, San Antonio, Pampas de Ventura, Santa Rosa, San José Bajo, La Constancia, San José Alto, Tulape, Casa Chica, Lache, Patrero, Cañal, Pampas de Jaguey, Chiquitoy, Mocan, Salamanca, Quín, La Viña, Veracruz, La Pampa, Ingenio Lazo, Garrapón, Cepeda, Troche, El Porvenir, Las Gavidias, La Libertad, Montejo, la Comunidad (después Ascope), Las Viudas, La Victoria, Farías, Tutumel, Molino Galindo, Cajanleque, Hacienda Arriba, La Virgen, Molino Bracamonte y Toquén. Eso demuestra lo parcializado del valle.
EXHACIENDA TROCHE- ASCOPE (2021)
FUENTE: Ascope Turístico (Facebook)
1. Relación indígena- hacendado
Respecto a los indígenas, en el siglo XIX, unos trabajaban en los campos de cultivos de las haciendas, otros quedaron como herederos de sus antepasados de la época colonial y otros llegaban de la serranía, en condición de enganchados.
Según Vásquez (2017), muchos de los originales herederos de tierras fueron despojados de sus propiedades. En respuesta y como única opción, estos buscaban a quién venderles. Así pasó con el dueño de la hacienda Cerro Prieto, que aprovechó su estatus para quitar tierras y anexarlas a su propiedad.
Los casos de despojo fueron varios, por ejemplo, el dueño de la hacienda Cerro Prieto, don Justo Guerra, realizó una serie de arrebatos de tierras:
Alrededor de 1851, el natural de Paiján, Domingo Cueva, de ejercicio labrador, perdió un terreno herencia de su padre José María Cueva, pescador y labrador de Puerto Malabrigo; por eso, nueve años después tuvo que venderlo al señor Venturo. (Aguilar, 1860-62)
En 1861, Carlos Concepción, indígena agricultor y natural de Paiján, se vio obligado a vender su terreno situado en la rama nombrada Culaque, en 100 pesos, al comerciante don Pedro Venturo, natural de la villa de San Pedro. Dicho terreno se le fue otorgado por el Cabildo y justicias que regían a inicios del siglo como natural y tributario de su pueblo, que continúo siéndolo al iniciar la República. El vendedor alegaba que optó por dicha opción debido a que nueve años antes fue despojado por don Justo Guerra, dueño de la hacienda Cerro Prieto, y al no poseer los recursos necesarios, no pudo realizar reclamo legal alguno. (Aguilar, 1860)
La indígena y natural de Paiján llamada Dominga Cipirán también vendió su terreno ubicado en “Culaque” al citado Pedro Venturo, en 180 pesos. Dicha propiedad fue herencia de su difunto esposo don Tomás de Aquino Concepción, otorgado en 1809 por el Cabildo. También le fue arrebatado por Justo Guerra. (Aguilar, 1860-62)
Otro caso fue el de Blaz García, quien también vendió sus terrenos ubicados en la rama de Culaque, a Pedro Venturo. Dicha venta se hizo aclarando que se encontraban en litigio con Justo Guerra a pesar de poseer la documentación que le acreditaba como heredero de Juan León García, poseedor desde 1802. (Aguilar, 1860-62)
Por lo expresado se puede observar que existieron dos tipos de relación entre el indígena y el propietario. Por un lado, estaba la tensa, debido al arrebato de sus tierras, que provocó resentimiento y pleitos no necesariamente legales. Y la otra, de complicidad, porque al vender sus tierras, evitaban perder del todo sus beneficios como propietarios legítimos.
PLAZA DE ARMAS DE PAIJÁN (2021)
FUENTE: Ascope Turístico (Facebook)
2. Relación chino- hacendado
Los protocolos notariales, aportan de manera significativa al estudio de la situación de los chinos durante la República. Así, se puede saber que no solo fueron mano de obra en los cultivos de caña de azúcar, sino que también muchos lograron establecerse como personas libres dedicados a las actividades como el comercio.
Para 1878, en el valle Chicama, varios chinos se hallaban internados en las haciendas cumpliendo tareas de campo, especialmente en el cultivo de la caña de azúcar. En ese contexto, la hacienda Gasñape poseía 32 chinos culíes (Ortega, 1878).
EXHACIENDA DE GASÑAPE- CHICAMA (2021)
FUENTE: Ascope Turístico (Facebook)
Para 1879, se sabe del cantonés Atae Ysidro, vecino de Chiclín, quien a pesar de no saber leer ni escribir (se induce porque no sabía firmar), extendió un poder general para pleitos a favor de don Federico Guillermo, asegurando ser negociante. (Ortega, 1878- 79)
La situación en que vivían los asiáticos era generalmente difícil lo cual fue generando cierto resentimiento. Así, durante la guerra con Chile existió un grupo de 400 culíes que se unió a la invasión chilena del valle de Chicama provocando incendios, pillajes y migraciones de los latifundistas zonales hacia Lima. (Klarén, 1976)
Entonces, la relación del chino con el hacendado radicó en que los asiáticos funcionaban como mano de obra por la carencia de la esclava negra e indígena. Estos chinos hicieron que los campos de caña funcionen y marchen bien. Por otro lado, el traerlos implicaba la construcción de lugares de almacenamientos conocidos como los galpones. Cuando muchos de ellos terminaban sus contratos decidían establecer pequeños negocios a la vez que se emparejaron con las personas del valle provocando una mezcla cultural.
Por otro lado, algunos invirtieron sus ahorros para arrendar tierras. Por ejemplo, para 1878, en Chocope, un asiático llamado Manuel Vega pagaba dieciséis soles mensuales a don Manuel Barrera y Pasaperez por una finca situada cerca del arco del pueblo (Ortega, 1878; 1879).



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